Rosario - Viernes 27 de junio de 2003

Tango, jazz y clásica, un cruce demoledor

El talentoso pianista interpretará a Rossini, Piazzolla, Cobián y temas propios

Ziegler integró el último quinteto de Piazzolla, formación basada en la improvisación.

Foto: MARCELO MARTÍNEZ BERGER

Diego Giordano

El pianista Pablo Ziegler, integrante del último quinteto de Astor Piazzolla, se presentará esta noche junto a la Orquesta de Cámara Municipal, en el teatro El Círculo (Laprida y Mendoza), a partir de las 21. El concierto, una cita imperdible para los degustadores del buen tango, lleva por título De Rossini a Piazzolla, ya que en su primer tramo, la Orquesta de Cámara, dirigida por el maestro Fernando Ciraolo, recreará la “Sonata N° 1 en sol mayor”, del compositor italiano. Luego, Ziegler interpretará obras de Juan Carlos Cobián, Astor Piazzolla, y algunas composiciones propias.
Ziegler nació en Buenos Aires en 1944, y sus inicios musicales están ligados al jazz y a la música clásica. Entre 1978 y 1988 integró el quinteto de Astor Piazzolla, con quien recorrió Europa, Estados Unidos y Japón. En 1990, Ziegler debutó con su Cuarteto para el Nuevo Tango, y a fines de ese mismo año grabó La conexión porteña, su primer trabajo para la Sony, con el que comenzaría su carrera solista.
En charla con El Ciudadano, Ziegler se refirió al concierto de esta noche, a la música de Piazzolla, y al cruce entre el jazz, la música clásica y el tango que pretende plasmar en su propuesta.
—¿Qué composiciones interpretará esta noche?
—El repertorio de este concierto es parte de un CD que yo hice en el 97 con la Orpheus Chamber Orchestra de Nueva York, que se llamó Tango Romance. Hay obras de Piazzolla, un par de Cobián y una mía. Las obras de Astor que hago no son de las más conocidas: está “Introducción al ángel”, de la que no existe partitura, y también “Imágenes 676”.
—Mirando la trayectoria de Piazzolla desde hoy, ¿cómo ve el período en el que usted participó?
—Yo analicé mucho algunas obras de Piazzolla cuando grabé un disco a dos pianos con Emmanuel Ax (Los tangueros, 1996). En ese disco orquesté para dos pianos muchas de sus obras y eso me permitió meterme dentro de su forma de composición. Comparando el período nuestro con el anterior, que fue fantástico y el más popular, yo veo que Astor cambió muchísimo su manera de componer y tocar en el último quinteto, que fue del 78 al 88, y que fue el que yo integré. Ese quinteto descontracturó bastante la manera de interpretar su música. A tal punto que Astor se permitió improvisar (risas). Antes, lo suyo era más una variación alrededor de la frase. López Ruiz y yo éramos como un dueto de jazz metido dentro del quinteto de Astor.
—¿Cuáles son los puntos de contacto entre el tango y el jazz?
—Podría decir que con Astor tomé un curso de diez años (risas). A partir de allí pude desarrollar un lenguaje de improvisación tanguera, y no quedarme en la fraseología del jazz, que responde a otra motivación. Era un blues norteamericano contra un blues porteño que debíamos encontrar, y que yo creo que encontramos. Creo también que es un camino que descontractura muchísimo nuestra música. Aún hoy resulta difícil encontrar un bandoneón que improvise. Está lleno de chicos que improvisan en la guitarra o en el piano, pero no en el bandoneón. Y Astor era consciente de eso, y se largó a improvisar de una manera genial.
—Usted viaja por todo el mundo. ¿Cómo ve la representación tanguera en el exterior?
—Hay muchas compañías que se han formado dentro de lo que se conoce como el Tango Show, con bailarines y todo, que presentan un arquetipo de nuestra música, más parecido al tango de Rodolfo Valentino (risas). Pero también, a partir de Astor, comenzaron a aparecer muchos grupos. Yo creo que en el mundo el tango se revitalizó a partir de dos fenómenos. El primero fue la irrupción de Astor en Europa, y el otro fue la compañía Tango Argentino, que tiene que ver más con la danza y el espectáculo. A partir de ahí empezó una fiebre. Nosotros montábamos un concierto, y los otros un espectáculo. Pero, ojo, no lo digo de manera peyorativa. Los europeos no terminaban de entender muy bien la función de los cantantes de tango, con toda esa cosa dramática. El cantante era un complemento. El que los mataba era Virulazo, porque era gordo y bailaba, y era un arquetipo.
—En un primer momento, la ruptura de Piazzolla se presentó como la aparición de nuevas posibilidades para el tango. Pero con los años, y quizás a causa de la profundidad del quiebre, aquellas posibilidades terminaron, de un modo u otro, remitiendo a Piazzolla: ¿se puede escribir tango después de Piazzolla?
—Es cierto, no es fácil escapar de Astor. Pero sí, se puede. Tampoco hay que tratar siempre de revolucionar el tango. Uno tiene que escribir desde lo que le pasa. Lo que veo es que hay una vuelta del tradicionalismo, hay muchas orquestas de jóvenes, como El Arranque, que vuelven a una época. Quizás sea un paso necesario. A mí me enriquecieron mucho la música clásica y el jazz. Con Astor hablábamos de haber pasado por los tres géneros, que se juntaban de manera extraordinaria en su música.